01/04/2025

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Mas allá de la promesa

Artem Kovalev en Unsplash
Artem Kovalev en Unsplash

Concluí hace unos meses la lectura de un libro llamado The Spirit Filled-Life (si mi búsqueda en Google es correcta, en español es La maravillosa vida llena del Espíritu, pero si no es así, por favor, alguien me corrige) del pastor norteamericano Charles Stanley. Hay temas de ese libro que me impactaron más que otros, aunque en general el libro es una joya. Lo recomiendo si tienen la oportunidad de leerlo.

Es un excelente recurso para profundizar en la tercera persona de la Trinidad, el Espíritu Santo, y especialmente para identificar algunas acciones que nos permitan profundizar nuestra relación con Él de manera práctica en nuestras vidas.

Mis comentarios a continuación responden apenas a un tema —de muchos, todos ellos interesantes— que considero relevante compartirles, pues sé que muchas de nosotras procuramos leer, meditar y orar en la palabra de Dios.

Precisamente, la disciplina espiritual —la lectura, meditación y oración en la Palabra de Dios que mencioné— es uno de los cuatro marcadores espirituales que el autor señala como puntos de partida en nuestra relación con Dios, especialmente con el Espíritu Santo. (Podrían ser más, pero son los que el autor de este libro señala).

Parafraseando lo que el pastor Stanley menciona, él recomienda que debemos ser cautelosos con la postura o actitud que adoptamos al abrir nuestras Biblias. Por la razón que sea que leamos la Biblia, a veces podríamos correr el riesgo de acercarnos a ella buscando únicamente las promesas de Dios. Y cierto es que sus promesas reconfortan, animan y guían. Ese es el objetivo de la promesa. Pero ése no es el problema. El problema es que solo nos “enfocamos” en la promesa sin tomar en consideración su contexto, ya sea histórico o la razón por la que Dios la proclamó.

Recordé a mí misma hace muchos años leyendo diariamente la Biblia para saber qué decía Dios sobre lo que debía hacer o no sobre esto o aquello. En aquel entonces, esa lectura diaria la realizaba sin mucho orden, orientación pastoral y, mucho menos, oración. Honestamente, mi actitud no era diferente a la de cualquier persona que, en otros tiempos, buscaba en el diario impreso el horóscopo del día cada mañana. Suena terrible, pero es cierto.

Fue mucho tiempo después cuando descubrí —estudiando la Palabra de Dios— lo que luego el Pastor Stanley aclara y anima más adelante en ese mismo tema: no sólo busque la promesa, sino también el carácter del Padre en el principio de vida que Dios mismo quiere enseñarnos a través de la promesa.

Las maravillosas promesas de nuestro Padre celestial no son frases sueltas que existen por sí. Fueron escritas en un contexto particular, que, aunque históricamente no coincida con nuestro tiempo, el principio de vida es el mismo tanto en esa época como en la actual.

Es por eso que resulta importante acercarse a leer la Palabra de Dios con reverencia, pero escudriñando un poco más allá, pues de pronto nos estamos perdiendo algo importante detrás de la promesa. Dios quiere revelarnos Su carácter.

Cuando descubrí esa realidad —la de buscar el carácter de Dios y el principio de vida que viene con Sus promesas—, observé cómo el Espíritu Santo se revela a través de Su palabra cuando Él necesita hacerlo. Para mostrarte, enseñarte y guiarte. Para transformarte desde los estándares de la santidad de Dios, con esa misericordia tan, pero tan especial que solo Él tiene con sus hijos.

Es tomarte el tiempo para preguntarte: “ ¿Qué fue lo que pasó aquí? ¿Por qué se escribió esto? ¿Para quién se escribió? ¿Cuál es la participación de Dios y por qué? ¿Puedo identificar el carácter de Dios? ¿Cómo encaja en el plan de redención? ¿Qué me dice a mi hoy?” son algunas de las preguntas de muchas que le podemos hacer al texto que leamos, idealmente leyéndolo todo y no solo parte de él.

Por ejemplo, tomando un capítulo completo y no solo un versículo, aunque nuestro interés se concentre en ese versículo. Pero leyendo todo el capítulo o el libro —idealmente— nos ayuda a poner en contexto por qué fue escrito el versículo con la promesa que el Espíritu Santo ha llamado nuestra atención.

Tomemos como ejemplo Jeremías 29:11. Muchas de nosotras conocemos de memoria esta promesa. Es maravillosa.

Yo sé los planes que tengo para ustedes, planes para su bienestar y no para su mal, a fin de darles un futuro lleno de esperanza. Yo, el Señor, lo afirmo. (Jeremías 29:11 DHH Animándolas siempre a que comparen con otras versiones de la Biblia)

Si leen los versículos anteriores de esta promesa, descubrirán que fue escrita para el pueblo de Israel desterrado en Babilonia. Fue escrita por el profeta Jeremías, que se quedó en Jerusalén con el remanente de israelitas que no fueron exiliados a ese país. Vamos, tome su Biblia y lea el antes y el después de Jeremías 29:11.

Tanto en el versículo anterior, y especialmente en los posteriores, la promesa que leemos en el versículo once se abre como un paraguas revelando más y más las promesas de Dios que deben cumplir - en este caso- ciertos requisitos…los descubrieron?

(Si se está preguntando por qué Israel se encuentra en Babilonia exiliado, le animo de todo corazón a que lea todo el libro de Jeremías y no solamente uno u otro comentario sobre el tema.) La Palabra de Dios siempre se explica por sí misma. Se sorprenderá.)

¡Créanme, leyendo la Biblia he vivido todas las emociones; he llorado, me he reído, he reflexionado…y cuando me he enojado me dan ganas de tomar del cuello al pueblo de Israel y preguntarle cómo pueden ser tan ciegos! Pero hasta esa ceguera es bíblica. Descubro muchas realidades que no difieren de las del noticiero de las seis que se transmite en nuestros países. Lo que cambia son el tiempo y los personajes. Y muchas veces yo también soy parte del elenco, aunque no haya nacido en Israel ni en sus pueblos vecinos cuando fue escrito el texto.

Nuestro corazón inquieto siempre busca un puerto seguro en el que anclar. Una promesa que le dé rumbo a cualquier decisión que necesite tomar en cualquier área de la vida porque queremos sentir seguridad y bienestar.

Es normal y saludable. Pero sabemos que solo en Cristo podemos encontrar esa esperanza y seguridad. Sus promesas son mejores que cualquier otra que el mundo pueda ofrecer. Para corroborar esta afirmación que estoy haciendo, procure leer Hebreos 6 en el Nuevo Testamento.

Todo ese capítulo explica maravillosamente por qué Jesús es nuestra ancla y esperanza. Dios siempre nos espera con los brazos abiertos, con sus promesas, pero también nos corresponde revisar dónde está nuestro corazón y nuestras acciones para recibir esa promesa.

Por experiencia descubro que en mi relación con Dios - como toda relación personal- se requiere acciones concretas de mi parte que pueden ir desde un acto de fe, o de arrepentimiento ante un pecado que debo confesar y no es correcto ante Dios y afecta nuestra relación. Y puede que también afecte el cumplimiento de la promesa.

¡Dejemos que el Espíritu Santo nos sorprenda a través de su Palabra en nuestra relación constante con Él, buscando su rostro y su carácter con un corazón dispuesto a permitirle que nos cambie, más allá de la promesa!

Aida C. Omeir
Creciendo en El

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