15/05/2026

Reflexionando

Mercado

JLCA en OCAST Publicaciones y Medios
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Aún extraño la temporada familiar en la que todos los días cenábamos juntos; mi hijo sentado en su silla alta de bebé, mientras mi hija apenas alcanzaba la mesa. Mi esposo recién llegando del trabajo, y todos sentados alrededor de una comida casera y caliente. Luego, disfrutábamos de la televisión o nos divertíamos con algún juego de mesa.

Eso duró muchos años. Pero el tiempo pasa, y entre la universidad de mi hija, el trabajo de cualquiera de los hoy tres adultos de la casa, los grupos de la iglesia por la noche, las actividades deportivas y una que otra actividad más, ese tiempo es cada vez más escaso. Y aunque procuramos encontrar tiempo, no es constante. Muchas veces, solo mi esposo y yo cenamos en una mesa para seis personas. Estamos conscientes de que eventualmente sucedería.

Pero mientras mis hijos aún estén con nosotros en casa, acordamos que un día específico de la semana nos reuniríamos para cenar como solíamos hacerlo, además de los otros días en que tuviéramos disponibilidad.

Hace unas semanas, ese día coincidió con el de ir de mercado y era inevitable, porque la refrigeradora ya estaba triste (vacía). Así que se me ocurrió hacer las dos cosas de forma amena.

Sugerí comer cerca de la tienda donde hacemos nuestras compras regulares y luego dividirnos la lista para que, en equipo de dos (mi esposo con mi hijo y mi hija conmigo), hiciéramos la compra completa. El primer equipo que completara la lista escogería el postre de la noche. Todos estuvimos de acuerdo.

Mi hija me preguntó qué quería de postre porque sabía que íbamos a ganar. Yo soy la que escribe la lista cada semana. Y, frente a la puerta principal de la tienda, cada equipo con una carretilla en la mano, en una noche cualquiera de la semana en un supermercado popular lleno de clientes, iniciamos la carrera.

A mi equipo le correspondieron los perecederos. No recuerdo cuándo fue la última vez —si es que hubo alguna vez— que cargué con una bolsa de naranjas, tres pepinos ingleses y dos barras de pan al mismo tiempo. Mi hija hizo su tanto y, cuando estaba a punto de tomar la bandeja de pollo para completar la lista… ¡ding! Entró un mensaje de texto del “otro’ equipo. ¡Ya habían completado su compra! Nos quedamos atónitas.

Mi hijo escogió un postre que solo él consume; mi hija aún no salía de su asombro por haber perdido la carrera; yo estaba contenta porque hicimos mercado en quince minutos; y mi esposo tenía una sonrisa de oreja a oreja.

Y entonces, le pregunté por qué estaba tan contento. Y me dijo que se divirtió al vernos creer que mi equipo iba a ganar. ¡Aja! Hasta en ese momento caí en la cuenta de que mientras yo preparo la lista, él hace mercado cada semana.

Él es quien, en cualquier temporada del año, se va a hacer mercado después de salir del trabajo. Conoce dónde están los productos, sabe cuándo los cambian de lugar, hace fila, carga todo en el carro y luego, en la casa, descargamos juntos, colocamos todo en la refrigeradora o en la alacena.

Ambos nos reímos. De regreso a nuestra casa y observando el atardecer desde la ventana del carro, sentí en mi corazón cómo el Señor utilizó este ejercicio para que reflexionara sobre un pasaje del libro de Santiago que les comparto. No dudo que muchos están familiarizados con este verso.

Pero pongan en práctica la palabra, y no se limiten sólo a oírla, pues se estarán engañando ustedes mismos. El que oye la palabra pero no la pone en práctica es como el que se mira a sí mismo en un espejo: se ve a sí mismo, pero en cuanto se va, se olvida de cómo es. (Santiago 1:22-24 Reina-Valera Contemporánea)

Caí en la cuenta de que el Espíritu Santo me llamó la atención sobre la diferencia entre oír Su palabra y ponerla en práctica. Oír su palabra es como hacer la lista de supermercado: cada semana, sentada en el comedor de mi casa, o simplemente revisando qué hace falta.

Pero hacer la compra exige sacrificio. Es un compromiso que muchas veces no deseamos asumir, pero que es necesario. Es salir de nuestra comodidad y pensar en el otro. Para muchos, no es la compra en el supermercado; es cuidar a padres ancianos o a nietos. Es una llamada telefónica difícil. Apoyar a los hijos que atraviesan circunstancias difíciles. Es perdonar. Y muchas veces empezando con nosotros mismos. Y mucho más.

Siempre he reflexionado sobre cómo sería escuchar la voz de Jesús cuando estuvo en la tierra. Me imagino sentada sobre la grama al pie del mar de Galilea cuando pronunció el llamado Sermón del Monte. O escuchándole discutir con los fariseos con un tono molesto pero cargado de autoridad. Llamando a un Zaqueo —un hombre de baja estatura, pero de rango superior, como jefe de los publicanos— para que bajase de un árbol de sicomoro y le dijera que iría a comer a su casa.

Pero más que oír, lo más importante es poner en práctica lo que Él dice, tal como lo recomienda Santiago. Jesús mismo lo declaró mediante el ejemplo del hombre prudente que edificó sobre la roca y el hombre insensato que edificó sobre la arena.

A cualquiera que me oye estas palabras, y las pone en práctica, lo compararé a un hombre prudente, que edificó su casa sobre la roca. Cayó la lluvia, vinieron los ríos, y soplaron los vientos, y azotaron aquella casa, pero ésta no se vino abajo, porque estaba fundada sobre la roca. Por otro lado, a cualquiera que me oye estas palabras y no las pone en práctica, lo compararé a un hombre insensato, que edificó su casa sobre la arena. Cayó la lluvia, vinieron los ríos, soplaron los vientos y azotaron aquella casa, y ésta se vino abajo, y su ruina fue estrepitosa. (Mateo 7: 24-27 Reina-Valera Contemporánea)

Ya sea que cumplamos con lo que Jesús nos pide poner en práctica o no, eso tiene sus consecuencias que podemos observar en lo que ocurre con los personajes y sus decisiones en la historia registrada en Mateo. Ya habrán notado que la desobediencia no paga bien.

El pasaje de Santiago que menciono al inicio nos presenta un mensaje, a modo de conclusión, para quienes escuchan y cumplen la palabra de Dios, respaldando lo que Jesús dice:

En cambio, el que fija la mirada en la ley perfecta, que es la ley de la libertad, y no se aparta de ella ni se contenta sólo con oírla y olvidarla, sino que la practica, será dichoso en todo lo que haga. (Santiago 1: 25 Reina-Valera Contemporánea).

No nos engañemos en solo oír, sino que pidámosle al Espíritu Santo que nos enseñe a cumplir Su palabra, pues será para nuestro bien. No duden que requiere sacrificio, pero del tipo que vale la pena. Además, recomiendo que tomen su compra de mercado con calma. Ese día, en vez de naranjas, traje toronjas y nunca llegué a tomar la bandeja de pollo.

Entonces, también caí en la cuenta de que los procesos en los que le permitimos a Dios trabajar en nosotros tardan tiempo. Pero son liberadores. Todo para Su gloria.

Aida C. Omeir
Creciendo en El

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