20/06/2026
Orando
El Otro


Calculo que tendría unos nueve o diez años. Debió ser durante las vacaciones escolares porque, generalmente, a esa hora ya me estaba preparando para tomar el bus escolar. La noche anterior, mi mamá me comentó que en la madrugada del día siguiente iríamos a un lugar a comprar carne, pero que había que irse temprano porque se vendía rápido. Para entonces, la situación económica del país empezaba a ser precaria y la carne escaseaba en todos lados; entre los vecinos de nuestra zona se compartía información sobre lugares no oficiales donde se vendía carne.
Presumo que era muy temprano porque los buses del transporte público aún no circulaban y estaba oscuro. Mi mamá es una mujer de paso rápido y ligero ( aún al día de hoy). Yo la seguía al trote por las calles de un vecindario de clase media que aún dormía. De pronto se escuchaba a un perro ladrar a lo lejos.
Caminamos hasta el vecindario contiguo al nuestro, a una esquina donde generalmente había un negocio que vendía de todo. Pero que durante las madrugadas se habilitaban para vender carne, como comprendí en ese momento. A escasos metros del establecimiento, pude notar que las mujeres que entraban a la propiedad no alcanzaban a entrar al local. Se detenían frente a la puerta —que estaba cerrada— y salían visiblemente molestas. Pensé: venimos tarde y ya se acabó la carne. Pero igual avanzamos hasta la puerta como el resto de la gente para encontrar un aviso escrito a mano y en mayúsculas sobre un cartón que decía:
Cuando recuerdo este incidente, se me tensa un músculo emocional. Se llama rabia. Impotencia. Recordar el rostro de mi madre y de otras mujeres —sí, todas mujeres— que, desesperadas, llegaron esa mañana muy temprano con la esperanza de comprar carne para alimentar a sus familias y se burlaron de ellas. A nadie le causó gracia el rótulo. Sus rostros reflejaban tristeza, pérdida. Sentí que el regreso a mi casa fue una eternidad y tuve la impresión de que mi madre caminaba despacio, lo cual era inusual. Ambas en silencio. De todas maneras, ninguna de las dos tenía interés en hablar.
Llamé hace unas semanas a mi mamá para preguntarle por esta situación en particular y no se acordó. Reflexioné después que era mejor así porque no es una memoria agradable. Ni para mi familia ni para miles de familias nicaragüenses que vivimos esa etapa de la historia de nuestro país: escasez, guerra, separación de familias. Sin embargo, ese incidente dejó una marca en mí. De muchas.
Lo he estado recordando, junto con otras circunstancias no necesariamente relacionadas entre sí, de una manera tan lúcida que me he preguntado por qué han vuelto a mi memoria últimamente.
Y entonces noté que todo empezó —por llamarlo de alguna manera— cuando, el año pasado, me animé a compartir el libro de John Stott sobre el Sermón del Monte (The Message of the Sermon on the Mount; The Bible Speaks Series, 1978) con el grupo de señoras con las que me reúno regularmente para estudiar la Biblia.
A pesar de haber llevado ya este curso dos veces, el pastor de la iglesia que me prestó el libro me insistió en que era un material que no podía dejar de revisar, ya que justamente en esa época yo estaba estudiando ese tema nuevamente . Después de leer las primeras diez páginas, ya no había nada más que decir. Me resultó tan bueno que no pude evitar compartirlo. Algunos de ustedes sabrán lo que ocurre cuando uno enseña: se aprende dos veces (o nunca se deja de aprender).
Aclaro que, aunque el libro en sí mismo es muy completo en sus comentarios sobre este tema, lo más importante es que me llevó a revisar, de forma más detallada que antes, aspectos del Sermón del Monte que no había estudiado. En síntesis, mi tiempo en la Biblia aumentó y, con ello, el tiempo de oración en torno a algunos temas presentados, a los que era evidente que el Espíritu Santo me llevaba a prestar especial atención.
Y ahí está la relación con la historia que les comenté al inicio y que desarrollaré más adelante para ustedes. Pienso en cómo, muchas veces, una astilla se nos incrusta en un dedo y rápidamente procuramos retirarla. El dolor es terrible. Pero ¿cómo podemos sobrevivir con las astillas que se han ido insertando en nuestro corazón? Son igual de dolorosas, pero seguimos adelante.
Del estudio del Sermón del Monte que les mencioné, apenas esta semana concluimos el capítulo cinco del libro de Mateo. Lo iniciamos en septiembre del año pasado y aprendimos y compartimos tanto en tan solo un capítulo. ¡Imagínense lo que viene! (El Sermón de la Monte ocupa los capítulos cinco, seis y siete del libro de Mateo, pero también se encuentra en el libro de Lucas).
Todo el capítulo que estudiamos ( o los capítulos restantes referidos al Sermón del Monte) es una joya, pero en la última parte de este capítulo cinco, reflexioné tanto que me tomé mi tiempo para reflexionar. Y orar.
Me hice una pregunta retórica: ¿Quién es mi enemigo? Recuerdo que en la universidad el profesor de sociología explicó la diferencia entre adversario y enemigo. El adversario es alguien con quien uno no comparte las mismas ideas en relación con uno o varios temas (generalmente referido al ámbito político), pero el enemigo es quien intencionalmente quiere humillarte y, finalmente, destruirte. Es casi un tema personal y no solo a nivel de las ideas.
Pues la segunda categoría es el enemigo que Jesús menciona al leer Mateo 5:38-48. Se refiere a una persona que hace el mal. Y la respuesta de Jesús ante esas circunstancias no es la que quisiéramos escuchar. Pero es contundente. No deja margen para negociar ni para hacer concesiones. De esa respuesta, hay dos temas —de muchísimos, pero tantos— que resonaron en mi corazón a partir de la lectura de estos pasajes y de los comentarios del libro de Stott.
Observemos el primero:
Pero yo os digo: No resistáis al que es malo; antes, a cualquiera que te hiera en la mejilla derecha, vuélvele también la otra; y al que quiera ponerte a pleito y quitarte la túnica, déjale también la capa; y a cualquiera que te obligue a llevar carga por una milla, ve con él dos. Al que te pida, dale; y al que quiera tomar de ti prestado, no se lo rehúses. (Mateo 5:39-42 RV-1960 El ennegrillado es mío)
Esta oposición que Jesús menciona no consiste en dejar que el otro haga lo que quiera; es oponerse al ciclo de violencia creado. Es decidir no ser parte de manera intencional y activa, y alimentar la espiral respondiendo a modo de venganza.
Y lo que yo siempre creí que eran ilustraciones literales, tales como entregar lo que te pidan o dar la otra mejilla cuando ya te golpearon la primera, son categorías de las diferentes formas de violencia a las que el mundo nos somete. Pero para contrarrestar todo esto, Jesús no habla de un simple pacifismo, como ya han intentado muchos.
La respuesta la encontramos en los versos siguientes, que, si ya los que mencioné eran difíciles, los que siguen están fuera de este mundo. Vamos al texto:
Pero yo os digo: Amad a vuestros enemigos, bendecid a los que os maldicen, haced bien a los que os aborrecen, y orad por los que os ultrajan y os persiguen;
(Mateo 5:43-44 RV-1960 El ennegrillado es mío)
He ahí el estándar al que Jesús nos llama a cumplir frente a los sistemas de injusticia de este mundo. Y cada paso para cumplir ese mandato se encuentra ahí: bendecid a los que los maldicen, haced bien a los que os aborrecen y orad por los que os ultrajan y os persiguen.
Este es un mandato que definitivamente está fuera de este mundo, porque a continuación Jesús menciona que, si cumplimos esto, seremos hijos de Dios.
Observemos:
Pero yo os digo: Amad a vuestros enemigos, bendecid a los que os maldicen, haced bien a los que os aborrecen, y orad por los que os ultrajan y os persiguen; 45 para que seáis hijos de vuestro Padre que está en los cielos, que hace salir su sol sobre malos y buenos, y que hace llover sobre justos e injustos. 46 Porque si amáis a los que os aman, ¿qué recompensa tendréis? ¿No hacen también lo mismo los publicanos? 47 Y si saludáis a vuestros hermanos solamente, ¿qué hacéis de más? ¿No hacen también así los gentiles? 48 Sed, pues, vosotros perfectos, como vuestro Padre que está en los cielos es perfecto. (Mateo 5: : 43-48 Reina-Valera 1960)
Ajá! No hay forma de amar a quienes consideramos nuestros enemigos a menos que seamos hijos del Padre Celestial, quien nos capacita para esa tarea. No es algo que podamos hacer desde nuestra propia humanidad. Por lo tanto, necesitamos de Él y estar con Él.
Si hasta aquí usted ya frunció el ceño pensando que podría estar en desacuerdo conmigo, me alegro. Porque espero que esta breve, pero brevisima explicación sobre este tema le provoque tomar su Biblia y revisar el texto por sí mismo. Buscar comentarios o sermones ( o sobre todo el Sermón del Monte) y, por sobre todas las cosas, orar para que el Espíritu Santo le aclare lo que tenga que aclarar. Así como lo está haciendo conmigo y con nuestro grupo de estudio.
Aún estoy procesando la magnitud de la declaración de Jesús sobre amar al enemigo y todo lo que ello implica. Pero en este proceso sí descubrí algo que puedo hacer: orar por quien considero que fue o es injusto conmigo.
He iniciado ese ejercicio hace varias semanas mientras estudiaba el Sermón del Monte, pidiéndole al Espíritu Santo que me ayude a comprender y aplicar lo que leo.
Hoy por hoy, creo que es lo único con lo que puedo hacer frente a las situaciones de injusticia que estoy atravesando. Les comparto lo que he notado. Primero, al presentar al otro en oración y lo que me hizo a nuestro Padre Celestial, le transfiero a Dios la soberanía para juzgar la situación y a la persona en cuestión. Me desmarco como juez porque no me corresponde. Me alivia de alguna manera.
En segundo lugar, descubro que el otro puedo ser yo. Tan rota, quebrantada y pecadora que necesito de la misericordia de Dios todos los días; por lo tanto, al orar por el otro, es como que interceda y pida perdón por mí misma.
Hasta ahora, eso no significa que el dolor se haya ido, pero sí reconozco que, en mí, genera un sentimiento de compasión transformador. Es una perspectiva diferente que estoy cultivando, para que tal vez algún día llegue a amar a aquel a quien hoy identifico como mi enemigo. Y a veces pienso que si ese día llega, descubriré que tenemos más en común de lo que creo. El otro es eso. Alguien fuera de nosotros que piensa, actúa y vive una vida diferente a la mía. Cada quien tiene su propia historia.
De todas las experiencias de injusticia que podría compartir con ustedes, me pregunté por qué tendría que mencionarles el infortunado episodio de unas vacas que no querían morir. Sentí una urgencia de que era ese tema y no otro, y creo que el Espíritu Santo me apunta a tomar nota de las astillas que tenemos incrustadas en el corazón, generadas por sistemas de opresión en los que solemos vivir. No siempre por nuestra voluntad.
Jesús mismo nació, creció y murió bajo el gobierno del imperio romano, pero aun así resucitó, confirmando una vez más que no importa bajo qué circunstancias nos encontremos; la voluntad de Dios es soberana más allá de los tiempos y de los sistemas políticos o sociales.
Pero al final, la mejor noticia es que Jesús vino no solo para salvarnos, sino también para sanar nuestros corazones quebrantados mientras luchamos en este mundo. Y el mismo Jesús lo dijo cuando entró a la sinagoga al iniciar su ministerio:
El Espíritu del Señor está sobre mí,
Por cuanto me ha ungido para dar buenas nuevas a los pobres;
Me ha enviado a sanar a los quebrantados de corazón;
A pregonar libertad a los cautivos,
Y vista a los ciegos;
A poner en libertad a los oprimidos;
A predicar el año agradable del Señor.
(Lucas 4: 18-19 Reina-Valera 1960. El ennegrillado es mío)
Estas no son palabras de afirmación como ahora el mundo acostumbra a decir cuando atravesamos situaciones difíciles. Son promesas de un Dios que cumple.
Descubro siempre cómo Dios nos ama, que se toma el tiempo de sentarse con nosotros y retirarnos esas astillas que endurecen nuestro corazón y no nos permiten amar a los demás, incluidos aquellos que nos ofenden y nos lastiman.
Jesús es un especialista en ese tema. Si no, búsquenlo y se darán cuenta por ustedes mismos.