¡Hola!
Gracias por acompañarme en la aventura de estas reflexiones en voz alta que registro a modo de blog e inicié compartiendo con un grupo de maravillosas hermanas en Cristo hace algunos años. Juntas oramos, estudiamos la Palabra de Dios y nos animamos en nuestro caminar cristiano.
En ese proceso, gradualmente descubrí que, entre mi tiempo personal con el Señor, leyendo su Palabra y compartiendo en comunidad, la conexión entre las enseñanzas que leía y mi vida diaria se entrelazaba, dándoles un sentido diferente: de pronto me animaban, guiaban, corregían y, en general, me enseñaban. Todo ello, en cualquier circunstancia de la vida que estuviera atravesando.
Y aún es así. Cuando doblo ropa, cuando voy al supermercado, converso con mi esposo o, en el día a día, con nuestros dos hijos. Una familia regular que cree en un Dios misericordioso y extraordinario.
De pronto, un día como cualquiera en el que corríamos tarde a una actividad de mi hija, el pasaje de Proverbios 3: 5-7 vino a mi mente, como muchos otros que recuerdo de vez en cuando, pero esta vez presté atención. Y a partir de ahí, este maravilloso verso se convirtió en una guía ante la confusión, el temor o la duda que me asaltan cuando las circunstancias de la vida, muchas veces, me golpean duro.