01/07/2024

Amando

Familiaridad

Si usted viene manejando hacia mi casa, a unas dos cuadras de allí tendrá la oportunidad de elegir una de tres calles para llegar. Desde que vivimos en este lugar, mi esposo elige la menos transitada. Sin embargo, con el paso de los años, cada vez hay más niños jugando en esa calle que él eligió, así que preferimos escoger cualquiera de las otras dos.

Pero la fuerza de la costumbre es mayor, y casi por instinto, él dobla hacia la calle que siempre ha recorrido. Está tan familiarizado con esa ruta que creo que la recorrería con los ojos cerrados. Cuando vamos juntos en el auto y él va manejando, suelo recordarle que no olvide cambiar de calle.

Así funcionan la fuerza de la costumbre y la familiaridad que conlleva. He escuchado decir que los hábitos o las rutinas (las buenas por supuesto) generan confianza, y ayudan para alcanzar metas que nos proponemos en el ámbito que sea.

Pero también descubro que la familiaridad se vuelve costumbre y que empezamos a perder de vista los pequeños detalles que una vez capturaron nuestra atención. Y así, de manera casi instantánea, la sorpresa se pierde y es sustituida por la costumbre.

Tomemos como ejemplo la celebración de la Semana Santa. Durante muchos años mi referente de Semana Santa eran las vacaciones escolares (toda la semana), ir a la playa con la familia y ver la película de los 10 Mandamientos con Charlton Heston. Eso es lo que se me viene inmediatamente a la mente si intento ir en la línea del tiempo lo más atrás posible.

Luego, con los años, decidí no ver más la película de los 10 Mandamientos (pues la transmitían todos los años). Empecé a sumarme a las procesiones de la iglesia que tenía más cerca, y sí seguía yendo a la playa, pues para esas fechas el calor en la ciudad donde vivía era realmente insoportable.

Pero es hasta el dia que tuve una relación personal con nuestro Señor Jesucristo, que la familiaridad que antes tenía con la celebración de la Semana Santa, cambió. Las celebraciones eran las mismas. La que había cambiado era yo. Mi perspectiva se amplió, y en vez de ver una celebración, descubrí un acto de amor.

Recuerdo que una de mis cuñadas me contó que, cuando falleció mi suegro, se vio preguntando a todas las personas que habían estado con él (unos días antes de que Dios lo llamara a Su presencia) por todas las actividades que su papá había hecho, o por lo que había dicho o comentado en esto o aquello. Quería recordar cuanto pudiera de él justo antes de que dejara este mundo.

Su comentario me recordó que eso es lo que hacemos cada vez que celebramos la Semana Santa. Queremos recordar intencionalmente —y si es posible— acompañar al hijo de Dios, al amigo, al hermano, en todos sus momentos antes de su muerte, y por supuesto en su Resurrección.

Cuando me voy a las Escrituras, descubro un par de cosas interesantes —de muchas— que nos muestran varios aspectos de la misión que Cristo traía para nosotros. Leamos juntas este pasaje, y si ustedes pueden, leanlo en su Biblia.

“El Señor quiso que su siervo creciera como planta tierna que hunde sus raíces en la tierra seca. No tenía belleza y esplendor, su aspecto no tenía nada atrayente; los hombres lo despreciaban y lo rechazaban. Era un hombre lleno de dolor, acostumbrado al sufrimiento. Como a alguien que no merece ser visto, lo despreciamos; no lo tuvimos en cuenta”. (Isaías 53: 2-3 DHH)

De este pasaje que el profeta Isaías escribió sobre Jesús, mucho tiempo antes de que naciera, hay tres aspectos que llaman mi atención y que quiero compartir con ustedes (pero oro al Señor para que, cuando lean y mediten este pasaje, Dios les hable a su corazón, tal vez con otros aspectos diferentes a los que llamaron mi atención).

El primero de ellos es que Jesús vino a este mundo como una planta nueva que hunde sus raíces en tierra seca. De este particular puedo mencionar que es terrible ver la tierra seca y agrietada. Si hay viento, se forman remolinos de polvo. Antes de que Jesús muriera y resucitara por nosotros, así era nuestra vida: una tierra seca donde no crecía nada. Me lleva a reflexionar sobre todas las personas que viven sin esperanza. Sin la esperanza del amor de Dios y de la salvación. Y Jesús vino como una planta nueva para crecer en nuestro corazón seco.

El segundo aspecto es cuando menciona cómo era Jesús: no tenía belleza y esplendor, su aspecto no tenía nada atrayente. En la sociedad y la cultura en la que vivimos, la espectacularidad o lo grandioso suele ser visto muy bien. Es aceptado y admirado por todos. Lo común, lo regular, generalmente no llama la atención. Y peor aún, se desprecia o se ve de menos.

Con este texto parece que el Padre envió intencionalmente a su hijo con esas características para que no fuera lo espectacular lo que llamara la atención. Sino su carácter y su amor.

Y el tercer aspecto no deja de ser menos importante que los otros dos: era un hombre lleno de dolor, acostumbrado al sufrimiento. El antes y el después de esta sola línea en el texto indican que los hombres lo despreciaban y lo rechazaban. ¿Pero cuando se menciona que era un hombre lleno de dolor y acostumbrado al sufrimiento, no se sienten identificadas de alguna manera? Llenas de dolor físico, emocional o espiritual.

Pero para completar el sufrimiento que Jesús vivió —especialmente en la cruz— les animo a que lean el Salmo 22, escrito mil años antes por David, que profetiza de manera impresionante el sufrimiento de nuestro salvador en la cruz. Se los dejo de tarea y observen especialmente los versos treinta y uno y treinta y dos.

No sé dónde te encuentras físicamente en medio de la celebración de la semana más importante de la historia de la humanidad: en la playa, de vacaciones con tu familia, trabajando como cualquier día o simplemente descansando. O a lo mejor te has sumado a las celebraciones que tu iglesia prepara.

Pero en esta semana que celebramos intencionalmente el regalo de la salvación a través de Cristo en su muerte y resurrección, únete conmigo para darle GRACIAS. Gracias por la vida que nos regaló. ¡Imagínate qué semana tuvo Jesús antes de su muerte; una montaña rusa de emociones y acontecimientos que fueron desde la alegría, la traición, la tristeza, despedirse de sus discípulos, y su muerte!!!

Haya, pues, en vosotros este sentir que hubo también en Cristo Jesús, el cual, siendo en forma de Dios, no estimó el ser igual a Dios como cosa a que aferrarse, sino que se despojó a sí mismo, tomando forma de siervo, hecho semejante a los hombres; y estando en la condición de hombre, se humilló a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz. Por lo cual Dios también le exaltó hasta lo sumo, y le dio un nombre que es sobre todo nombre, para que en el nombre de Jesús se doble toda rodilla de los que están en los cielos, y en la tierra, y debajo de la tierra; y toda lengua confiese que Jesucristo es el Señor, para gloria de Dios Padre.
(Filipenses 2: 5-11 Reina-Valera 1960)

Para Él sea toda la gloria por los siglos de los siglos.

Aida C. Omeir
Creciendo en El

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