15/08/2024
Discerniendo
Saber leer


“¿Qué vas a hacer hoy por la noche?”, me preguntó mi amiga Sue cuando nos vimos en el pasillo de la oficina esa tarde. Hice un rápido repaso mental de mi agenda de la noche, pero en el fondo ya tenía mi respuesta: no quería ir a ninguna actividad esa noche. Estaba cansada y apenas era miércoles.
Ella ni siquiera me dejó responderle porque inmediatamente me comentó que estaba invitada a la presentación de un estudio bíblico inductivo y que no podía asistir. Pensó que tal vez a mí me interesaba participar. Además, ambas conocíamos a los presentadores del taller.
“¿Estudio bíblico inductivo?”, pregunté. Me llamó inmediatamente la atención. A pesar de asistir durante años a estudios bíblicos y tener mi librero lleno de buen material, cada vez que terminaba un curso sentía que algo había faltado.
En ese entonces, además de trabajar como parte del staff de la iglesia donde me congrego, también voluntariaba en el equipo de liderazgo del grupo de estudio bíblico de mujeres que se reúne semanalmente. Llegué a ese maravilloso grupo de mujeres con timidez cuando, junto con mi familia, empezamos a congregarnos en esa iglesia años atrás. Cuando me sumé por primera vez, no solo buscaba estudiar la Palabra de Dios, sino también conectar de manera relacional con otras mujeres cristianas, compartir y hacer comunidad.
Definitivamente mi segundo objetivo estaba más que cumplido. De hecho, en esa comunidad de mujeres lloré, acompañé y aún sigo creciendo porque en mi grupo de amigas se encuentran muchas de ellas, a pesar de que ya no las acompañé en los estudios bíblicos semanales.
A pesar de participar en diferentes estudios bíblicos, yo siempre quedaba con hambre. “Esa” hambre de saber más sobre la Biblia. Por lo tanto, me llamó la atención la invitación para esa noche y me animé a participar a pesar de mi cansancio. Más por curiosidad que por otra cosa.
Ya se imaginará el resto. Esa noche aprendí a “leer” otra vez. Me enfrenté a un estudio bíblico que no requería más que la Biblia. Y por primera vez comprendí al eunuco etiope cuando le preguntó a Felipe sobre el pasaje de Isaías que estaba leyendo mientras viajaba en su carruaje (Hechos de los Apóstoles 8:26-39 léanlo en cualquier versión de la Biblia que deseen por si no recuerdan el pasaje).
Sentí que, por primera vez, tenía una Biblia en mis manos y que realmente Dios me hablaba a través de ella. Muchas cosas empezaron a tener más sentido para mí.
Aclaro: esa fue la forma en que Dios me llevó a leer su Palabra de manera intencional. Pero, de pronto, con cada una de ustedes ha sido diferente. O tal vez aún están esperando que Dios se manifieste y puedan creer desde lo más profundo de ustedes en Sus promesas y constantes demostraciones de amor, siendo la más grande de todas, entregar a su propio hijo — todo esto a través de los relatos de la Biblia. Historias de gente común, como ustedes y yo, frente a un Dios extraordinario, poderoso y sin par.
Coincidamos en que —aunque suene obvio— para leer la Biblia se requiere interés por hacerlo. Ahora digamos que la estamos leyendo…pero no estamos frente a un tomo de Historia Universal (aunque reconozcamos que muchos lo toman así). Requiere “leer” diferente. Y el “diferente” es la parte favorita del Espíritu Santo, que, si nosotros le permitimos, nos revela más de lo que podamos imaginar.
En síntesis, su “lectura” va más allá de interpretar letras que tengan sentido. Requiere una postura del corazón, no solo de la mente. ¡De un Dios extraordinario no se podía pedir menos!
Estudiando la Palabra de Dios de esa manera, descubrí muchas cosas, pero quiero destacar las siguientes:
Dios habla. Sí, suena obvio, pero a veces lo obvio no es evidente. Nos encanta que otros nos ayuden a interpretar o comprender la Biblia, y es cierto que Dios prepara personas con esas capacidades para enseñar. Personalmente tengo mis autores favoritos. Pero ninguno de ellos se iguala cuando Dios te habla directamente en su Palabra. Y creo que primero tenemos que buscarlo en oración para saber qué quiere revelarnos. ¡Y Jesús es revelado! Nuestro máximo regalo de amor.
Su Palabra transforma. No hay otra forma de decirlo. La lectura , meditación y oración de su Palabra te transforman. A veces te alegra, a veces te aclara, muchas veces te confronta. Y la mayoría de las veces te da paz y nos alienta en medio del caos en el que podemos vivir.
¡Su Palabra te guía! Creo que este poder de la Palabra de Dios es impresionante. Siempre me maravillo cuando pienso en cómo, a través de la lectura de la Biblia, Dios va guiando tus pasos hacia el propósito que tiene para cada una de nosotras.
Cierto es cuando el salmista escribió “Lámpara es a mis pies tu palabra” (Salmo 119:105 Reina-Valera 1960) en relación a cómo guía la palabra de Dios.
Esto son apenas unas breves pinceladas sobre el poder de la Palabra de Dios que encuentro en su lectura, meditación y estudio. No dudo que cada una de ustedes tendrán mucho más que agregar.
Mi propósito es animarlas para que nuestro interés por su estudio no decaiga ante ninguna circunstancia. ¡Todo lo contrario! Y si aún no lo has hecho de forma constante, puedes empezar ya.
Después de ese taller en el que participé (del cual les conté al inicio), empecé a estudiar en el libro de Josué. Nunca olvidaré este pasaje que le dio sentido a lo que en ese momento mi espíritu quería escuchar:
“Solamente esfuérzate y sé muy valiente, para cuidar de hacer conforme a toda la ley que mi siervo Moisés te mandó; no te apartes de ella ni a diestra ni a siniestra, para que seas prosperado en todas las cosas que emprendas. Nunca se apartará de tu boca este libro de la ley, sino que de día y de noche meditarás en él, para que guardes y hagas conforme a todo lo que en él está escrito; porque entonces harás prosperar tu camino, y todo te saldrá bien. Mira que te mando que te esfuerces y seas valiente; no temas ni desmayes, porque Jehová tu Dios estará contigo en dondequiera que vayas. (Josué 1: 7-9 RV 1960 El ennegrillado es mio)
Repasemos esas maravillosas promesas que Dios nos regala a través de Su Palabra, para maravillarnos de Su Amor y Misericordia.