30/01/2026

Aprendiendo

La amiga de mi tia

M. Omeir en OCAST Publicaciones y Medios
M. Omeir en OCAST Publicaciones y Medios

Suele ocurrir que en la familia extendida hay parientes con quienes tenemos más afinidad, ya sea que los admiremos o simplemente nos agrade su compañía. Ese fue el caso de una tía que siempre recuerdo, ya entrada en años. Y claro que lo era, porque era realmente tía de mi mamá y, cuando yo la conocí, tenía mucho tiempo de haber regresado al país. Se fue muy joven y, en su edad de retiro, regresó para estar con su familia. Era súper jovial y alegre. De ella tengo muy buenos recuerdos.

De todas nuestras historias juntas, siempre recuerdo un día en que le visitamos y recién se había ido el cartero (sí, el cartero que repartía las cartas postales. Existieron). Cuando entramos a la casa, la encontramos sentada revisando lo que parecía ser una carta que venía en un sobre. El sobre que el cartero seguramente le entregó un rato antes.

Nuestra sorpresa fue el comentario que hizo al mencionar la carta que recibió: “¡Ah! Esta amiga mía ya se está poniendo anciana. Me envió la carta que le mandé.” Resulta que le escribió a su amiga en el extranjero y, muy seguramente, la señora, en vez de colocar dentro del sobre la carta de respuesta, envió de regreso la carta que había recibido de mi tía.

Durante muchos años, recordar esta historia era motivo para recordar a mi tía y reírme. Sin embargo, la historia dejó de ser graciosa cuando me convertí… en la amiga de mi tía.

De pronto, subo las escaleras y escucho un crujido. Y no es la madera. Son mis rodillas. O la gripe que a mis hijos les dura un par de días; conmigo, toma un par de semanas para recuperarme por completo. Intentando echarle gasolina al carro, tomé la manguera del diésel y, gracias a Dios, la del diésel es ligeramente más grande (por si no lo sabían, ahora ya lo saben), así que nunca llegué a ponerle diésel al vehículo. Y también porque el encargado de la gasolinera me hizo un recordatorio, no tan amistoso, de que estaba usando la manguera equivocada. Hablemos de la memoria. O mejor no.

Cuando uno empieza a tener conciencia de que vamos madurando con la edad y que ese proceso de crecimiento conlleva algunos cambios en nuestra salud física o mental, uno adquiere una perspectiva distinta de la vida. Y si tu salud ha sido débil a lo largo de tu vida, por una u otra razón, estos cambios no lo hacen más fácil.

Deseamos revertir ciertos procesos. Ejercicios, suplementos, una actitud positiva y muchas otras acciones que mejoran nuestra calidad de vida, pero no necesariamente evitan el cambio inevitable que sufre nuestro cuerpo con el paso de los años.

Reflexiono y encuentro interesante cómo el apóstol Pablo en su segunda carta a la comunidad de Corintios, específicamente en el capítulo cuatro, explica y anima a esta comunidad a descubrir el hermoso legado que Cristo nos dejó al compartir las buenas nuevas de la salvación con los otros:

Tenemos este tesoro en vasijas de barro para demostrar que este extraordinario poder que obra en nuestra vida no viene de nosotros, sino de Dios. (2 Corintios 4: 7 Palabra de Dios para Todos. Animándoles siempre a leer todo el capítulo.)

Con ese detalle de compararnos con vasijas de barro, queda claro que somos recipientes delicados, sujetos a quebrarse y a envejecer. Sin embargo, a pesar de esa comparación, conservamos un poder que no proviene de nosotros, sino del mismo Dios. Y, a continuación, menciona los problemas que enfrentaremos en este mundo roto. Pero en el mismo capítulo, Pablo hace una afirmación que me levantó el ánimo:

Por eso, no nos damos por vencidos. Es cierto que nuestro cuerpo se envejece y se debilita, pero dentro de nosotros nuestro espíritu se renueva y fortalece cada día. Nuestros sufrimientos son pasajeros y pequeños en comparación con la gloria eterna y grandiosa a los que ellos nos conducen. (2 Corintios 4:16-17 Palabra de Dios para Todos. El ennegrillado es mio)

¡Aja! El concepto clave aquí es que nuestro espíritu se renueva y se fortalece cada día. Y que nuestros sufrimientos son pasajeros en comparación con la gloria eterna del Padre. Pero dirijamos nuestra atención a la renovación de nuestro espíritu. ¿Cómo? Pablo ya lo mencionó en una carta que le envió a la comunidad de los romanos.

No vivan según el modelo de este mundo. Mejor dejen que Dios transforme su vida con una nueva manera de pensar. Así podrán entender y aceptar lo que Dios quiere y también lo que es bueno, perfecto y agradable a él. (Romanos 12: 1-3 Palabra de Dios para Todos. El ennegrillado es mio)

El contraste es interesantísimo y las recomendaciones sin par. Mientras dejemos que Dios transforme nuestras vidas con una nueva manera de pensar, podremos entender la voluntad de Dios, especialmente aquello que es bueno, perfecto y agradable para Él. ¡O sea que renovar nuestra mente en Él es muchísimo más de lo que podemos pedir o esperar! Y todo eso ocurre a pesar de que nuestro cuerpo se desgasta, como comenta el propio Pablo.

Entonces, otra vez, veo mi proceso desde otra perspectiva. El envejecimiento es inevitable, pero dejar que Dios renueve mi mente es mi opción. Una santa opción. No puedo seguir perdiendo oportunidades que Dios me regala, a pesar de vivir en esta vasija de barro. ¿No les parece? Oremos al Señor para que no olvidemos que Él siempre nos renueva.

Aida C. Omeir
Creciendo en El

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