12/03/2026
Aceptando
Soy simpatizante


Era una adolescente cuando comprendí, de manera práctica, el concepto de simpatizante. O, al menos, eso es lo que yo creo que entendí en aquel entonces. Viví una época de mi vida en un país altamente politizado (a veces más y a veces menos) y recuerdo las marchas, reuniones y encuentros políticos que solían ser muy frecuentes.
Entre los jóvenes, las actividades partidarias eran lúdicas, como fiestas o tertulias. Su principal característica era el ambiente festivo.
Y recuerdo perfectamente a este amigo que siempre participaba en esas actividades. Un día me animé a preguntarle si él era militante de ese partido, pues me parecía que, por su grado de participación en todas las actividades, su compromiso era mayor. Pero me tomó por sorpresa cuando me dijo que no era militante. “ Soy simpatizante”, me respondió con seriedad.
Seguramente notó mi expresión de extrañeza porque, a continuación, me explicó que, a pesar de que él participaba en muchas de las actividades de ese partido, solamente coincidía con parte de su forma de pensar, pero no con todo. “Yo tengo mis propias ideas. Pero disfruto de algunas de las cuales ellos plantean”, concluyó.
Esta conversación entre una adolescente de trece años y un joven de quince marcó para mí el antes y el después de mi comprensión del grado de responsabilidad y compromiso que uno asume en lo que cree.
Mi única referencia de entonces sobre un marco de creencias en el que uno tenía que creer y vivir era el partido político que gobernaba. Tenía familiares militantes de ese partido, por lo que, a través de su forma de pensar, hablar y actuar, deducía qué era ser realmente parte de algo.
Por ello, el concepto de simpatizante, a través de la experiencia de mi amigo, resultó fascinante para mí. Entendí que no necesariamente uno tiene que creer todo y que, al etiquetarte como simpatizante, se te da licencia para ser parte y no serlo al mismo tiempo. Te da libertad para no asumir responsabilidad cuando quieras.
Es interesante cómo Dios me trae a la memoria este incidente cuando, al releer los evangelios, me encuentro con un personaje que no se menciona como principal, pero que está presente de fondo casi todo el tiempo.
Me refiero a los seguidores de Jesús, pero especialmente a las multitudes mencionadas varias veces desde que inició su ministerio. Los autores de los evangelios registran, de una u otra manera, ese grupo de personas.
Son aquellos que no necesariamente tienen su nombre registrado en la Biblia, pero que tuvieron el privilegio de disfrutar de la presencia de Jesús. Algunos fueron curados y tal vez se mencionen sus nombres. Pero muchos no.
A la luz de mi comentario sobre lo que aprendí desde joven sobre ser “simpatizante”, me pregunto cuántos de ellos lo eran. Simpatizantes, viendo de lejos, pero no creyendo plenamente.
Pero si vemos con detalle las características de esas multitudes, he notado lo siguiente.
Conocemos el pasaje en el que, milagrosamente, Jesús alimenta a una multitud con solo cinco panes y dos peces. Lo encontramos en Mateo 14: 13-21, Marcos 6: 30-44, Lucas 9: 10-17 y Juan 6: 1-14. (Animándoles siempre a que tomen su Biblia y la lean ustedes mismas).
Sin embargo, entre los cuatro evangelios, el libro de Juan destaca por algo muy interesante en ese pasaje. Y eso sucedió al día siguiente de que Jesús hubiera alimentado a esa multitud. Observemos:
Al día siguiente, la gente que estaba al otro lado del mar vio que no había habido allí más que una sola barca, y que Jesús no había entrado en ella con sus discípulos, sino que estos se habían ido solos. Pero otras barcas habían arribado de Tiberias junto al lugar donde habían comido el pan después de haber dado gracias el Señor. Cuando vio, pues, la gente que Jesús no estaba allí, ni sus discípulos, entraron en las barcas y fueron a Capernaum, buscando a Jesús
Y hallándole al otro lado del mar, le dijeron: Rabí, ¿cuándo llegaste acá? Respondió Jesús y les dijo: De cierto, de cierto os digo que me buscáis, no porque habéis visto las señales, sino porque comisteis el pan y os saciasteis. Trabajad, no por la comida que perece, sino por la comida que a vida eterna permanece, la cual el Hijo del Hombre os dará; porque a este señaló Dios el Padre. (Juan 6: 22-27 Reina-Valera 1960. El ennegrillado es mío)
El texto que le sigue a continuación es aún más revelador para concluir con una de varias de las declaraciones más importantes que Jesús mismo dice sobre Él y que se encuentran registradas en el libro de Juan:
Jesús les dijo: Yo soy el pan de vida; el que a mí viene, nunca tendrá hambre; y el que en mí cree, no tendrá sed jamás. (Juan 6: 35 Reina-Valera 1960)
Hambre. Sed. Recordemos lo que Jesús le comentó a la samaritana en el pozo registrado también en el libro de Juan dos capítulos antes:
Respondió Jesús y le dijo: Cualquiera que bebiere de esta agua, volverá a tener sed; mas el que bebiere del agua que yo le daré, no tendrá sed jamás; sino que el agua que yo le daré será en él una fuente de agua que salte para vida eterna. (Juan 4: 13-14 Reina-Valera 1960)
En ambas circunstancias —la multiplicación de los panes y los peces y el encuentro de la samaritana en el pozo—, la búsqueda de nuestros personajes es material y finita. Pero la respuesta de Jesús es espiritual y eterna.
El mejor ejemplo registrado en las Escrituras sobre esta categoría de multitud es la que participó en la aclamación a Jesús como Rey en su entrada triunfal a Jerusalén (Mateo 21: 1-11, Marcos 11:1-11, Lucas 19:28-40 y Juan 12:12-19) en lo que llamamos Domingo de Ramos.
Y una semana después, otra multitud pide que lo condenen. Observemos:
Pero los principales sacerdotes y los ancianos persuadieron a la multitud que pidiese a Barrabás, y que Jesús fuese muerto. Y respondiendo el gobernador, les dijo: ¿A cuál de los dos queréis que os suelte? Y ellos dijeron: A Barrabás. Pilato les dijo: ¿Qué, pues, haré de Jesús, llamado el Cristo? Todos le dijeron: ¡Sea crucificado! Y el gobernador les dijo: Pues ¿qué mal ha hecho? Pero ellos gritaban aún más, diciendo: ¡Sea crucificado!
(Mateo 27: 20-23 Reina-Valera 1960)
Cierto es que esta multitud de condenación fue persuadida por los fariseos, pero eso me hace reflexionar sobre el carácter de quienes ese día gritaron que Jesús fuera condenado. ¿Habría alguno ahí que escuchó las palabras de Jesús, vio los milagros y aun así se dejó llevar por los fariseos? ¿Al punto de matarlo?
Y ahora les comparto una tercera categoría de multitud, aunque no lo es simultáneamente. Estos pasajes se refieren a personas en particular, pero no dejo de reflexionar sobre que muchos pensaron así también y Jesús, al responderles, les respondió a muchos. Como nosotros.
El pasaje más común es el del joven rico. Había seguido todo lo que la ley exigía, pero seguramente en su corazón sintió que había algo más que hacer. Y así era. Pero la respuesta de Jesús no era lo que él esperaba:
Jesús le dijo: Si quieres ser perfecto, anda, vende lo que tienes, y dalo a los pobres, y tendrás tesoro en el cielo; y ven y sígueme. Oyendo el joven esta palabra, se fue triste, porque tenía muchas posesiones. (Mateo 19: 16-26 Reina-Valera 1960 El ennegrillado es mío)
Ahora observemos otros personajes con actitudes similares. El evangelio, según Lucas, lo presenta como lo que exige el discipulado en Cristo.
Y mientras ellos iban por el camino, uno le dijo: Te seguiré adondequiera que vayas. Y Jesús le dijo: Las zorras tienen madrigueras y las aves del cielo nidos, pero el Hijo del Hombre no tiene dónde recostar la cabeza. A otro dijo: Sígueme. Pero él dijo: Señor, permíteme que vaya primero a enterrar a mi padre. Mas Él le dijo: Deja que los muertos entierren a sus muertos; pero tú, ve y anuncia por todas partes el reino de Dios. También otro dijo: Te seguiré, Señor; pero primero permíteme despedirme de los de mi casa. Pero Jesús le dijo: Nadie, que después de poner la mano en el arado mira atrás, es apto para el reino de Dios.
(Lucas 9: 57-62 Reina-Valera 1960 El ennegrillado es mio)
La invitación de Jesús es la misma en ambos pasajes: «Sígueme». Pero el grado de exigencia de ese seguimiento no es aceptado por todos. Y lo es al día de hoy.
Al reflexionar sobre el carácter de las tres categorías de multitudes que les comparto, pienso, ciertamente, en mí misma. En mi relación con Jesús, ¿cuánto de esto aplica? A veces suelo disfrutar solo el milagro; me dejo llevar por las emociones y no acepto completamente el llamado…a seguirle. Muchas veces soy solo simpatizante como mi amigo de la adolescencia.
Al escribir estas líneas, la primavera está iniciando y hay más sol. El clima es más templado. A pesar de que aún hay nieve, sabemos que poco a poco la primavera se establecerá. Quisiéramos que fuera primavera todo el tiempo, pero generalmente es una estación de transición: un respiro entre el frío invierno y el verano soleado y cálido.
Con la guía y fuerza del Espíritu Santo espero poder buscarlo a Él por lo que es en cualquier estación en la que esté viviendo. Lo mismo pido al Señor por cada una de ustedes que me está leyendo. Tenía razón Pedro cuando dijo:
Simón Pedro le contestó:
—Señor, ¿a quién podemos ir? Tus palabras son palabras de vida eterna. Nosotros ya hemos creído, y sabemos que tú eres el Santo de Dios. (Juan 6: 67-69 DHH)
Es intentar ser menos “simpatizante” cada día y creer que solo Él tiene palabras de vida eterna y seguirle. ¿No les parece?