26/03/2026
Descubriendo
En Costco lloré


Me detuve frente al símbolo de ALTO y, para mí, fueron segundos en los que intentaba tomar una decisión sobre hacia dónde doblar, cuando el conductor de atrás me recordó, de manera impaciente, que no estaba sola en esa intersección. Giré hacia la derecha, siguiendo mis pensamientos, que me recordaron todo el día que debía ir a la farmacia de Costco a recoger unos medicamentos.
No quería ir, pues había tenido una larga jornada de trabajo, pero ni modo. ¡Y en pleno tráfico de las cinco de la tarde! Y ya puesta en la farmacia, me pidieron que esperara al menos una hora. Suspiré.
En vez de echar una hojeada en la tienda, en caso de que necesitase comprar algo, me senté en la cafetería a leer, esperando que transcurriera la hora de espera. Retomé la lectura que tenía pendiente en mi Biblia y —volví a suspirar— cuando recordé que estaba leyendo el Segundo Libro de Reyes, del Antiguo Testamento.
Desde que inicié la lectura del Primer Libro de Reyes, empecé a fruncir el ceño y, de pronto, cada vez que volvía a leerlo, sentía una mezcla de sentimientos que iban desde la tristeza y la molestia hasta la alegría. En fin, mi corazón estaba pesado al leer el recuento de este libro. Y presumí que no sería fácil con el segundo. Y no me equivoqué.
Les adelanto un poco, pero siempre les animo a que tomen su Biblia y la lean por ustedes mismas. Seguramente el Espíritu Santo les revelará algo que solo ustedes necesitan saber.
Aqui vamos. El primer libro de Reyes inicia con la muerte de David y la asunción al trono de Salomón, su hijo. A pesar de que todo parecía indicar que el pueblo de Israel sería fiel a Dios, una serie de decisiones humanas de sus gobernantes, que comenzaron con el propio Salomón al final de sus días, lo alejó de Dios. El reino se dividió.
En tanto, en el Segundo Libro de Reyes se detalla cómo el pueblo de Israel —ya dividido— era constantemente acosado por otros pueblos. Los sirios finalmente conquistaron el reino del norte llamado Israel.
En tanto Judá —el otro reino— hizo lo mejor que pudo para enfrentar los ataques y acabó por sucumbir ante los babilonios. Ahora están en el exilio y sometidos por pueblos paganos.
Volvamos a Costco. Y a mi lectura. Sentada en una esquina, entre los olores a pizza, hot dog y poutine, y escuchando el ruido de las carretillas y de las personas que salían de la tienda, reflexioné.
Observando el patrón de la actitud del pueblo de Israel, ahora dividido en dos reinos —Israel y Judá—, la constante desde los últimos días del rey Salomón fue la desobediencia a Dios. Pero no es solamente desobediencia. Es que ya no creían.
La época de los libros de Primera y Segunda de Reyes es un periodo de un poco más de cuatrocientos años, que sumó treinta y nueve reyes (y una usurpadora) en total entre ambos reinos, de los cuales no todos fueron malvados ni iban contra Dios. Pero sí la mayoría.
En este periodo destacan los profetas Elías y Eliseo, pero además hay otros personajes que se mantienen firmes en la fe en Dios y luchan a pesar de todo.
Lo que me lleva a mi siguiente reflexión: Dios siempre provee voces que se levantan para denunciar la apostasía, la infidelidad a Dios y la maldad. Y fueron seres humanos como usted y yo, frágiles e inseguros, pero confiando en un Dios todopoderoso.
Y a su vez, me llevó a reflexionar sobre el remanente de personas que sí seguían creyendo, como, por ejemplo, todos los reyes que decidieron seguir a Dios y sus mandamientos. O algunos profetas.
Tanto los reyes creyentes como los no creyentes de ese período de la historia del pueblo de Israel están registrados en la Biblia para que aprendamos. Aprendamos a evitar lo que nos puede desviar y a aprender lo que sí nos ayuda a crecer en nuestro camino con Dios. Hay muy buenos ejemplos de ambos lados.
Y en ese momento sentí enojo. Impotencia y una tristeza profunda. Y sin darme cuenta, una lágrima cayó sobre la pantalla de mi teléfono. Puse el teléfono en la mesa y me limpié el rostro. Lo sentí caliente. De pronto, escuché que alguien me habló: una joven con su computadora, que me preguntó si podía compartir la mesa conmigo. Solo asentí.
Divagué por un momento mientras mi acompañante de mesa se acomodaba y me pregunté: ¿Cómo es que el pueblo de Israel llegó hasta aquí? Para responder esa pregunta, en mi memoria regresé a los libros anteriores a los que estaba leyendo ahora. Recordé varios detalles interesantes que encajaban con mi inquietud. Porque todo tiene su origen.
Un par de años atrás hice un estudio bíblico sobre el primer y el segundo libro de Samuel. Cuando comienza el primer libro de Samuel, el pueblo de Israel había sido gobernado por jueces. Siendo el último juez el profeta Samuel. Al envejecer, Samuel designó a sus hijos como jueces, pero eran corruptos. Por ello, los ancianos de Israel se presentaron ante Samuel con una propuesta. Leamos juntos lo que pasó:
Cuando Samuel envejeció, nombró como caudillos a sus hijos para que guiaran al pueblo de Israel. Su primogénito se llamaba Joel, y su segundo hijo se llamaba Abías. Los dos eran caudillos en Berseba, pero no siguieron el ejemplo de su padre sino que se dejaron llevar por la avaricia, pues aceptaban sobornos y corrompieron la impartición de justicia. Por eso todos los ancianos israelitas fueron a Ramá para hablar con Samuel, y le dijeron: «Es un hecho que tú ya eres viejo, y que tus hijos no siguen tu ejemplo. Por lo tanto, escógenos un rey, como lo tienen todas las naciones, para que nos gobierne.»
(1 Samuel 8: 1-5 Reina-Valera Actualizada. El ennegrillado es mío)
A Samuel no le gustó la idea. Ni a Dios tampoco. Observemos lo que el mismo Dios le dijo a Samuel:
y el Señor le dijo:
«Atiende todas las peticiones que te haga el pueblo. No te han rechazado a ti, sino a mí, pues no quieren que yo reine sobre ellos. Están haciendo contigo lo que han hecho conmigo desde que los saqué de Egipto: me están dejando para ir y servir a otros dioses. Tú, atiende sus peticiones, pero aclárales todos los inconvenientes, y muéstrales cómo los tratará quien llegue a ser su rey.» (1 Samuel 8: 7-8 Reina-Valera actualizada. El ennegrillado es mío)
Cuando leí este texto en mi estudio bíblico, noté un par de cosas. La primera de ellas fue que, ya establecidos en la tierra prometida, en vez de buscar a Dios y cumplir sus mandamientos, empezaron a mirar hacia lo que había a su alrededor.
Y compararse. Todo lo que habían recibido hasta ahora no era suficiente. Querían ser como “los otros”. Querían un rey.
Pero el segundo aspecto que me llamó la atención fue la corrupción que había llegado hasta los hijos del profeta Samuel. Definitivamente, ellos ya no caminaban con Dios. Y los ancianos de Israel en vez de buscar que Dios resolviera esa situación, creyeron que tener un rey —como todas las naciones— resolvería su problema. Ya no lo respetaban ni como Dios, mucho menos como rey. Porque Dios era su rey.
Dios les advirtió, a través del profeta Samuel, lo que implicaba esa petición (animándoles a que lo lean a partir de 1 Samuel 8:10 en cualquier versión de la Biblia. Se sorprenderán). Aun así, el pueblo de Israel decidió seguir adelante y tuvo su primer rey: Saúl. Y luego David. Y el tercero fue Salomón. Y así sucesivamente.
A partir de esa decisión “ de ser como las otras naciones”, podemos observar una galería de reyes en el pueblo de Israel en la cual unos, menos que más, procuraban seguir a Dios.
Sin embargo, y a pesar de la constante infidelidad del pueblo de Israel, Dios es fiel. Y esa fidelidad la demostró una vez mediante la promesa que Dios le hizo al rey David en 2 Samuel 7:12-16.
Cuando te llegue el momento de ir a descansar con tus padres, yo elegiré a uno de tus propios hijos y afirmaré su reinado. Será él quien me edifique un templo, y afirmaré su trono para siempre. 14 Yo seré un padre para él, y él me será un hijo. Si se porta mal, lo corregiré como corrige todo padre a sus hijos, pero jamás le negaré mi misericordia, como se la negué a Saúl, a quien quité de tu presencia. Tus descendientes vivirán seguros, y afirmaré tu trono, el cual permanecerá para siempre.”» (2 Samuel 7:12-16 Reina-Valera Contemporánea. El ennegrillado es mío)
Jesús. Jesús es el cumplimiento de esa promesa, no solo por ser parte del linaje de David, sino por establecer el Reino de Dios sin comparaciones con otros, manteniendo su mirada fija en Dios, modelando un ejemplo y, al mismo tiempo, una cercanía entre nosotros…y Él, que es Rey.
Finalmente, llegó el momento de recoger mis medicamentos. Dejé mi lectura, la chica entretenida en su computadora en la mesa en la que estuve sentada, el bullicio de la cafetería y, en general, el de los clientes en un local de Costco, pasadas las seis de la tarde, en un día de semana regular.
Yendo de regreso a mi casa, reflexioné sobre la diferencia que hace cuando Jesús entra en la ecuación. Pensando en todo lo que he leído hasta ahora en el Antiguo Testamento (y que seguiré leyendo) , mi corazón se siente ligero al descansar en su misericordia y su amor. Y qué privilegio tan grande el de ser llamada —como usted que me está leyendo— a ser parte de un reino que no tiene fin.
Solemos olvidar a veces en quién creemos y servimos como Rey, portando una identidad única. Él es fiel y siempre nos espera, a pesar de nuestra infidelidad como los reyes que leí en el Antiguo Testamento.