03/09/2026

Aprendiendo

Libertad plena

JLCA en OCAST Consulting Co.
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Amo los árboles. Tienen un encanto especial y una dignidad particular: cuando pierden todas las hojas en otoño y se preparan para enfrentar el crudo invierno, quedan desnudos, pero en pie. Y aunque los vientos los azotan, vuelven a su posición original si pueden.

Cuando era niña, disfrutaba muchísimo subir a los árboles y aprovechaba para hacerlo en cuanto podía. En la casa de mi abuela paterna, mi hermano y yo jugábamos a que uno de los árboles de mango en su patio era un hotel y que cada rama era una habitación. ¿Alguien más jugó algo así?

Pues debido a la reflexión que estaba realizando en una lectura bíblica hace un tiempo, a la cual volveré más adelante, Dios trajo a mi memoria un incidente no muy grato que viví y que está relacionado con los árboles.

Tendría unos ocho o nueve años cuando mi madre y yo fuimos a visitar a una tía de ella, ya entrada en años, que tenía un árbol —creo que de mango— en el patio de enfrente de su casa. Era uno de esos árboles a los que me encantaba subir y jugar. Al acercarnos, escuché un zumbido proveniente del árbol y descubrí un panal de avispas en una de sus ramas.

La tía de mi mamá salió a nuestro encuentro cuando nos vio y llamó rápidamente nuestra atención, indicando que nos dirigiéramos a la entrada de la casa por otro lado para evitar pasar cerca del panal de avispas. Y además mencionó que alguien vendría a retirarlo más tarde ese mismo día. Mi madre se volteó rápidamente hacia mí, advirtiéndome que, bajo ninguna circunstancia, se me ocurriera subir a ese árbol, pues sabía que siempre lo hacía. Ya deben imaginarse por dónde va la historia, pero permítanme detallarla.

Escuché su advertencia, pero mi mirada se centró en una escoba que la tía de mi mamá había dejado cerca de la puerta de la casa. Dentro de la vivienda, mientras mi mamá conversaba con la tía y esta buscaba en su refrigeradora para ofrecernos algo de tomar con unas galletas que recién había comprado, yo estaba recostada en la ventana de la sala, observando hacia afuera el panal de avispas y planeando mi movida. Porque yo sí me iba a subir a ese árbol.

El plan era simple. Botar el panal de avispas con la escoba y correr hacia la casa, cerrando la puerta principal y una de las ventanas de la sala para evitar que las avispas entraran a la casa, porque seguramente me perseguirían. Luego de eso, podría subirme al árbol.

Pero el primer reto era salir a buscar la escoba sin que ni mi mamá ni la tía se enteraran, lo cual hice sin mucha dificultad. Y con el palo de escoba en la mano y una fuerza que no tengo idea de dónde saqué, le di a ese panal de avispa como quien está frente a una piñata por quebrar. Corrí hacia la casa y cerré la puerta y la ventana. Mi tía y mi mamá, que conversaban animadamente, notaron con alarma mis acciones y se pusieron de pie rápidamente. Yo estaba asustada, pero contenta de haber logrado mi objetivo, un sentimiento que me duró apenas unos segundos.

Porque detrás de la puerta cerrada tras mi hazaña, pensé que en mis cálculos no había contado con el enojo de mi mamá y, por ende, de mi tía, sumado al piquete de una avispa justo en medio de mi frente. Me ardió muchísimo. No hubo compasión al respecto, pero sí muchos regaños. Y no pude subirme al árbol, que era mi plan original.

Y ya de regreso a mi casa, horas después, con una suerte de cuerno que parecía salirme de la frente y me dolía, recuerdo que estaba furiosa porque toda la culpa de esto la tenían las avispas.

Y tal y como les comenté al inicio, esta experiencia fue la que Dios me trajo a la mente con mucha recurrencia mientras estudiaba el libro que Pablo escribió a la comunidad de los Romanos. Aprovecho para invitarles a leer y meditar esta epístola del Nuevo Testamento y, mejor aún, a consultar el contexto histórico de esta comunidad.

Pablo no fundó la comunidad cristiana que se encontraba en Roma en aquel entonces, pero sí supo de las divisiones que había entre ellos debido a sus diferencias de costumbres y leyes. Por tanto, les escribe intencionalmente para explicarles la justicia de Dios, la justificación por medio de la fe que ponemos en Jesucristo y, por ende, la unidad en Él. Mejor aún, el Espíritu Santo viene en nuestra ayuda para llevar una vida santa (entre los temas más relevantes).

Pero hay un tema adicional en esa carta de Pablo que me ha hecho reflexionar muchísimo: la universalidad del pecado. O sea, todos pecamos y necesitamos la salvación de Dios por igual.

Y Pablo explica cuál es el resultado del pecado en nuestras vidas (además de esclavizarnos) y observen el contraste cuando estamos unidos en Cristo:

El pago que da el pecado es la muerte, pero el don de Dios es vida eterna en unión con Cristo Jesús, nuestro Señor. (Romanos 6:23. Dios Habla Hoy).

Pero para llegar a esa conclusión, nos explica que es una raíz heredada (Romanos 5) y que esta se convierte en una dictadura espiritual (Romanos 6). Hemos aprendido que el pecado nos separa de Dios —lo cual es correcto—, pero además nos aleja de su propósito en nosotros…y de sus bendiciones.

Podría estar equivocada (quisiera), pero a partir de esta reflexión empecé a notar cómo, en nuestras iglesias y comunidades, hablamos poco o nada sobre el pecado y, peor aún, hemos normalizado en nuestra sociedad algunas conductas o actitudes que no se corresponden con los estándares a los que Dios nos llamó a vivir. O sea, a vivir en santidad como Él lo es.

Pedro lo explica claramente cuando dice:

Como hijos obedientes, no vivan conforme a los deseos que tenían antes de conocer a Dios. Al contrario, vivan de una manera completamente santa, porque Dios, que los llamó, es santo; pues la Escritura dice: “Sean ustedes santos, porque yo soy santo”. ( 1 Pedro 14-16. Dios Habla Hoy)

Sin embargo, la recomendación de Pedro no es nueva, pues cuando él cita lo que la escritura dice, se refiere a los pasajes del Antiguo Testamento (Levítico 11:44-45, Levítico 19:2 y Levítico 20:7), en los que Dios recuerda al pueblo de Israel cómo debe actuar como pueblo escogido por Él. No dejen de revisar estas lecturas.

Dice el teólogo J.C. Ryle en su libro Holiness (Santidad en español) que no podemos hablar de la santidad de Dios sin hablar de nuestro pecado. Siendo yo misma una pecadora confesa, puedo compartirles los patrones de pecado que repito y tal vez aprendamos algo juntos. Pero le recomiendo que sea usted mismo, en la intimidad de su relación con Él, quien le pregunte qué áreas de su vida necesitan ser revisadas a la luz de Su Santidad.

Volvamos a la historia de mi decisión de botar un panal de avispas para subirme a un árbol. Noten que hay una advertencia y una desobediencia intencional. Además, un plan premeditado que no repara en los peligros que implica. Solo me picó una avispa. Pudo haber sido peor tanto para mí como para mi mamá y mi tía anciana. Dios es misericordioso.

Y esa acción tuvo consecuencias en el piquete y en el dolor, además de la vergüenza que tuve que enfrentar al día siguiente, cuando fui al colegio. Y aún seguía echándole la culpa a las avispas. O sea, cero responsabilidad ni arrepentimiento de mi parte.

Pero tomando esta situación como ejemplo en nuestra relación con Dios, el tema es aún más profundo. Desde mi reflexión, cuando decidimos intencionalmente no seguir los consejos de Dios ni su voluntad en nosotros, desafiamos abiertamente su autoridad. Hoy por hoy, solemos llamarnos cristianos, pero no caminamos con Cristo y ese es el efecto del pecado en nosotros: nos aleja de Él.

Y desde el pecado de desobediencia de Adán y Eva, a través de toda la Biblia, Dios nos llama a ser como Él, a caminar con Él, a estar con Él. Una de las historias más tristes en las Escrituras es el final de los días del rey Salomón: su adoración de dioses paganos (1 Reyes 11), que marca el principio del fin de la decadencia del pueblo de Israel en esa época. Tanto poder, gloria, riqueza y sabiduría que venían de Dios para acabar así. Eso hace el pecado.

Si repasamos de nuevo lo que Pablo menciona en el libro de Romanos, donde señala que el resultado del pecado es la muerte (Romanos 6:23), se refiere a una muerte espiritual y a la ausencia total de Dios.

¿Cómo podemos evitarlo? Dios nos envió a su Hijo para salvarnos, establecer un modelo de vida que podamos imitar, así como para ofrecernos consejos y principios de vida eterna que podamos aplicar.

Pero Él fue aún más lejos: nos dejó su propio Espíritu para guiarnos y aconsejarnos. De nuestra parte, toca mantener una relación constante con Él a través de la oración, la lectura y la meditación de Su Palabra, apoyarnos en otros cristianos y ser parte activa del cuerpo de Cristo, porque queremos conocer Su Voluntad y cumplirla.

Y en ese proceso, nuestros pecados salen a la luz. Para nuestro bien. Si no observen lo que escribió David cuando el profeta Natán lo confrontó por el pecado de adulterio que cometió con Betsabé y cómo ocultó la muerte de su esposo Urías en el campo de batalla:

Ten piedad de mí, oh Dios, conforme a tu misericordia;

Conforme a la multitud de tus piedades borra mis rebeliones.

(2) Lávame más y más de mi maldad,

Y límpiame de mi pecado.

(3) Porque yo reconozco mis rebeliones,

Y mi pecado está siempre delante de mí.

(4) Contra ti, contra ti solo he pecado,

Y he hecho lo malo delante de tus ojos;

Para que seas reconocido justo en tu palabra,

Y tenido por puro en tu juicio.

(Salmo 51:1-4 RV 1960)

Los animo a que leamos y meditemos todo el salmo. Y recordemos que todos somos pecadores y estamos a una actitud sincera de arrepentimiento para vivir la libertad plena que Jesús alcanzó en la Cruz por nosotros. Esta es mi tarea diaria y oro para que también lo sea para ustedes.

Aida C. Omeir
Creciendo en El

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