03/04/2026
Encontrando
El gigante


Nunca desestimen la más pequeña contribución que usted haga para expandir el Reino de Dios. Pues esa acción podría ser el comienzo que Dios pueda usar para que alguien conozca a Cristo y su sacrificio por nosotros.
Yo soy un ejemplo de beneficiaria de la acción de “alguien”. Aún recuerdo como ayer el aula, el juego de mesas y sillas —todas pequeñas—. Recuerdo también dónde colocábamos nuestra mochila en una especie de librero de madera con un número determinado de espacios, ubicado en la parte de atrás del aula, donde estaba el nombre de cada una de nosotras. En mi mesa se sentaban Karla e Isolda. Isolda era muy alta para mí. Solíamos jugar y reírnos mientras hacíamos nuestras actividades escolares. Estaba en preescolar.
Una mañana llegó de visita alguien que nos leyó un cuento. Todas nos sentamos en la alfombra del centro del aula para escuchar la historia. Esta persona, que recuerdo, no era tan mayor ni tan adulta; se sentó en una silla frente a nosotras y, mientras leía la historia, pasaba las hojas del libro mostrándonos las imágenes.
Era la historia de un gigante que era dueño de un patio muy grande al cual los niños de la escuela jugaban cuando él no estaba. Pero el gigante era muy egoísta y durante mucho tiempo no dejó jugar a los niños en su patio, hasta que, gracias a un niño muy especial, decidió abrirlo de forma permanente. Y su vida cambió.
*(El enlace para leer el cuento infantil completo, de apenas cinco páginas, se encuentra al final de mi texto. Les invito a leerlo cuando hayan concluido de leer mi historia)*
Es probable que conozcan el cuento. O tal vez no. Pero pienso que ahí, sentada, escuchando atentamente a quien leyó ese cuento, empezó mi historia de salvación. Es un cuento hermoso que impresionó muchísimo a mi mundo infantil de aquel entonces.
La vida siguió su curso y, por mi cuenta, sigo leyendo. De tanto en tanto recordaba esa historia. Finalmente, hace apenas unos años, me dispuse seriamente a buscar el cuento, su autor y su historia. Es de mayo de 1888, como parte de un juego de cuentos infantiles de Oscar Wilde.
No recuerdo quién leyó el cuento ni sé nada más de Karla e Isolda. Ellas estudiaron solo preescolar conmigo y escuché que salieron del país, pues no se encontraban en el grupo de estudiantes con quienes crecimos durante el resto de nuestra vida escolar en esa escuela.
Sin embargo, este cuento infantil sembró en mí “algo”. Fue mucho tiempo después cuando conecté esta historia con nuestro Señor Jesucristo y sus heridas de amor.
¿Cuál es tu historia de salvación? Si vuelves a ver hacia atrás, podrías identificar esos momentos en los que, con mucha ternura, el Señor te fue llamando y acercándote a Él, sin presiones ni obligaciones, simplemente estando ahí.
Hasta que un día lo “encuentras” y lo recibes en tu corazón. Tal vez fue en una ruptura. En un funeral. O en el estudio bíblico al que asististe por “obligación”.
En la cama de un hospital. De pronto, la persona menos esperada te presentó a Cristo. Cada historia es diferente, pero igual de amorosa.
Cuando celebramos la muerte y resurrección de Cristo, celebramos, junto con Él, nuestro aniversario de “nacer de nuevo”. Durante muchos años, sentada en la banca de una iglesia, escuché el mismo relato que se encuentra en los evangelios, pero no fue hasta que tuve una relación personal con Él cuando esa historia cobró un sentido diferente. Un sentido real y cercano.
Así que felicidades a cada una de ustedes —y a mí—, que, gracias a la misericordia de nuestro Padre Celestial, celebramos juntas ese llamado en Cristo que solo podemos hacer realidad con el Espíritu Santo.
Porque a los que antes conoció, también los predestinó para que sean hechos conforme a la imagen de su Hijo, para que él sea el primogénito entre muchos hermanos. (Romanos 8:29 Reina-Valera Contemporánea)
La muerte y resurrección de nuestro Señor Jesús son el regalo de una vida nueva que trasciende nuestro propio entendimiento. Disfrutémosla y procuremos compartirla. Vale la pena.