30/09/2026
Confiando
Entre estaciones y transiciones


Despidiendo a mi hijo menor que se dirigía a la escuela por la mañana, me vinieron a la mente un par de reflexiones sobre esta época de mi vida en la que aún revisamos tareas o asistimos a reuniones con los profesores. La primera de ellas es que entre mi grupo de amigas, tal vez somos dos o tres de nosotras quienes aún tenemos hijos en edad escolar —primaria o secundaria—.
Ya sea que los hijos de la mayoría de mis amigas estén en la universidad, se hayan graduado, se hayan casado o sean al menos padres de familia, todas ellas están en una estación de la vida a la que aún no he llegado por completo.
Por otro lado, también recordé el tiempo en que yo estaba en noveno grado, que es el mismo grado que cursa mi hijo ahora. En ese entonces pensaba que la secundaria nunca iba a terminar. Todo era una rutina, y solo imaginarme qué haría después de que concluyera la escuela parecía tan, pero tan lejano.
Todo ello me llevó a la conclusión de que las estaciones de vida que atravesamos se suceden, más o menos, de forma natural. Y las transiciones entre estación y estación también. Pero por experiencia sabemos que la vida no es lineal y que, a veces, algunas estaciones resultan más tediosas de lo que quisiéramos.
O algunas transiciones o cambios son tan abruptos que nuestros cerebros apenas los registran y nos paralizamos o seguimos adelante con dificultad.
Una amiga me comentó una vez que uno debe estar listo para hacer la transición entre estaciones y evitar quedarse más tiempo del que debería en la estación que ya no le corresponde. Su comentario me pareció interesante porque he escuchado a diferentes psicólogos o coaches profesionales decir que, muchas veces, entre los rasgos relevantes de las personas más exitosas no se encuentra solamente su capacidad o su talento (lo cual ayuda mucho, por supuesto), sino también su apertura para adaptarse al cambio sin perder su esencia.
De pronto recordé en las Escrituras la historia de Rut, la moabita, narrada en el Antiguo Testamento. A la luz de la reflexión que realicé sobre la estación en la que me encuentro, pienso que esta mujer supo interpretar correctamente el cambio de estación en su vida y cómo moverse durante la transición hacia la siguiente etapa. La admiro por eso.
Revisemos juntos a qué me refiero, compartiéndoles un breve resumen de la primera parte del libro al que me interesa que presten atención.
Recordarán el escenario: una familia israelita que, debido a la hambruna en la región, se trasladó a vivir a las tierras de Moab —tierra pagana— en busca de una mejor vida. Pero puestos ahí, el padre murió. Entonces, la madre se quedó con sus dos hijos, quienes, posteriormente, se casaron con mujeres moabitas. Cuenta la historia de que, a la vuelta de diez años de vivir en ese lugar, fallecieron ambos hijos.
Observemos que en este escenario hay tres viudas y una madre que perdió a sus dos hijos. Toda una tragedia. Para quienes sobrevivimos a la pandemia de hace seis años, es probable que conozcamos a familias que vieron partir a varios de sus miembros en poco tiempo. De pronto ocurrió en nuestra familia o en nuestro vecindario. Por lo tanto, a partir de un acontecimiento de nuestra historia reciente, sabemos que esas pérdidas son muy duras.
Pero el relato se vuelve más interesante cuando, tras la muerte de sus hijos, la suegra decide regresar a la ciudad de Belén, de donde ella y su familia provienen originalmente. Despide a las nueras y les recomienda que regresen a su pueblo; no tiene sentido para ella que estén juntas si no hay un vínculo que las una.
Ambas nueras mostraron interés en regresar con ella a su pueblo natal, pero la suegra las animó a rehacer sus vidas con sus respectivas familias. Una de ellas tomó el consejo y se fue, pero no Rut. Leamos juntos.
Pero Rut le contestó:
—¡No me pidas que te deje y que me separe de ti! Iré a donde tú vayas, y viviré donde tú vivas. Tu pueblo será mi pueblo, y tu Dios será mi Dios. Moriré donde tú mueras, y allí quiero ser enterrada. ¡Que el Señor me castigue con toda dureza si me separo de ti, a menos que sea por la muerte! (Rut 1:16-17 DHH)
Ante la vehemencia de Rut, Noemí no insistió más. Y ambas partieron para Belén. Pero esa es otra historia. Acompáñenme por un momento en mi observación sobre el carácter de Rut en esta circunstancia específica y tan adversa, que nos enseña sobre las estaciones y transiciones que vivimos.
El texto bíblico no dice qué edad tenía Rut, con quién de los dos hijos de Noemí estaba casada ni por cuánto tiempo. Presumimos, por las costumbres de la época, que era una mujer joven. Sin embargo, por su audaz declaración de acompañar a su exsuegra a su pueblo de origen a pesar de todo, quiero destacar un par de cosas.
La primera de ellas es la identidad que adquirió. Ella ya no era la moabita casada con un israelita; asumió como propios al pueblo y al Dios de Israel. No sabemos si fue una decisión deliberada en ese momento, pero para actuar así, es probable que ya lo hubiera decidido en su corazón desde hacía tiempo. Con todo lo que eso conllevaba.
Usted y yo sabemos que en tiempos de crisis, podemos llegar a sentir un espíritu de orfandad y de abandono. Nuestra identidad como hijos de Dios, nacidos de nuevo en Cristo, se somete a prueba en las olas de las circunstancias: enfermedad, problemas financieros, desacuerdos con los hijos u otras situaciones que nos sacuden el piso. Ocurre en cualquier etapa de la vida en la que nos encontremos, sin importar la edad que tengamos.
Pero observen qué interesante es lo que ocurre cuando estamos claros sobre nuestra identidad. Trae propósito. Ajá! Transforma la circunstancia. Cuando Rut decide seguir adelante con su vida adoptando la identidad del pueblo de Dios, abraza su circunstancia de manera distinta.
Rut me muestra el carácter de una mujer que se movió con sabiduría en una etapa muy dura de su vida y, además, se preparó con expectativa para la transición. Si se animan a leer (o releer esta vez con una perspectiva diferente) el libro de Rut, descubrirán con fascinación cómo ella no solo es parte del linaje genealógico de Jesús, sino que nos devela una imagen de nuestra propia redención.
Y luego, un poco más de mil años después de la valiente decisión de Rut, otra mujer decide dar un paso al frente a pesar de que las circunstancias naturales no auguraban lo mejor. Ella también es motivo de mi admiración.
A diferencia de Rut, ella es israelita. Y, sin ni siquiera pensarlo, acepta la misión de traer al Salvador del mundo a la vida. Leamos su respuesta ante tan trascendental anuncio:
Entonces María dijo:
—Yo soy esclava del Señor; que Dios haga conmigo como me has dicho.
(Lucas 1:38 DHH)
Si leen el texto completo del intercambio entre el Ángel Gabriel y María relatado por Lucas en el Nuevo Testamento, la única pregunta que María hizo fue sobre cómo sucedería. No cuestionó el porqué. Y lo alaba abundantemente en la oración que conocemos como el Magnificat (Lucas 1:46-55).
Y aquí notamos de nuevo el patrón de identidad y propósito.María estaba clara de quién era ante Dios. Y el propósito que se iba a cumplir era más allá de sus propios pensamientos o deseos, al igual que Rut creyó en un Dios superior, misericordioso y dador de vida al seguir a Noemí a Belén.
Les comparto estas notas no desde la posición de quien tiene una fe inquebrantable; aspiro a que así sea con la ayuda del Espíritu Santo.
Sino de quien lucha constantemente con la falta de fe y necesita ser recordada de su identidad y propósito en Cristo de tanto en tanto. Pero no para mi propia gloria, sino para la gloria de Él, quien merece todo el honor.
Me anima pensar que en cualquier estación o transición de vida que atraviese, Él me sostiene y me acompaña. Pablo lo explica maravillosamente a la comunidad de los Efesios al inicio de su carta y lo leemos así:
Alabado sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, pues en Cristo nos ha bendecido en los cielos con toda clase de bendiciones espirituales. Dios nos escogió en Cristo desde antes de la creación del mundo, para que fuéramos santos y sin defecto en su presencia. Por su amor, nos había destinado a ser adoptados como hijos suyos por medio de Jesucristo, hacia el cual nos ordenó, según la determinación bondadosa de su voluntad. (Efesios 1:3-5 DHH)
Pero si leen el capítulo completo, descubrirán aún más sobre todo lo que somos en Cristo, gracias a la misericordia de nuestro Padre Celestial.
Mi oración por ustedes y por mí es que lo escojamos en cualquier estación como Rut lo hizo, con la firmeza profunda del “sí” de María. Y que su Espíritu Santo nos guíe entre una transición y otra como hijos suyos que somos, gracias a su infinita misericordia.
A Él sea toda la gloria.