16/04/2026

Reflexionando

Oportunidades perdidas

Habrán notado que, desde que nacemos, nos movemos entre determinados grupos o comunidades. Primero, crecemos en una familia y en un vecindario específico; asistimos a la escuela de una ciudad en particular. Trabajamos; solemos mudarnos de un lugar a otro; y, de pronto, Dios permite, en la mayoría de los casos, que formemos una familia. O nos regala individuos que no están relacionados por sangre con nosotros, pero que son nuestra familia. Y así sucesivamente, el grupo de personas con quienes nos relacionamos aumenta; algunos permanecen de una u otra manera y otros no.

En uno de esos grupos de los que Dios nos permite formar parte, conocí a la mamá de una compañera de clase de la escuela primaria de mi hija. En general, todos los padres de familia de sus compañeros eran muy agradables y nos conocíamos entre nosotros, pero esta señora me llamó la atención por su apertura y franqueza.

Recuerdo cuando me comentó, con profundo pesar, que su madre padecía cáncer. Dijo que en todas las batallas difíciles de la vida que enfrentaba aún hoy, su mamá era su bastión. Así que el anuncio de esta enfermedad fue un duro golpe para ambas, como madre e hija y como amigas entrañables.

Para entonces, yo asistía a la iglesia con regularidad. Cuando me comentó el estado de su mamá, sentí que debía hablarle de Dios, especialmente de Jesús y de la salvación que encontramos en Él.

Sin embargo, no sabía cómo hacerlo y me resultaba abrumador dar el primer paso. Tampoco se me ocurrió consultar esta preocupación con otro creyente o con alguien que me diera algunas ideas sobre cómo abordarla. Mucho menos traer específicamente este tema en oración para escuchar lo que Dios mismo podía decirme al respecto.

Y entre la duda y los afanes de la vida diaria, el deseo de conversar con ella sobre ese tema se hacía cada vez menor. Pero un día decidí animarme a llamar a Linda (nombre ficticio) para preguntarle si podía saludar a su mamá y, tal vez, permitirme orar por ella. Ni siquiera sabía si eran cristianos.

Cuando le llamé por teléfono, no estaba segura de qué sonaba más alto: los latidos de mi corazón, producto de los nervios, o el teléfono que repicaba del otro lado sin que nadie contestara. Pero finalmente, la voz de una señora, casi arrastrando las palabras, dijo: “ Hola”. Mi reacción natural fue saludar y preguntar por Linda . Y la señora me respondió de inmediato que no estaba. Entonces, de manera mecánica, le pedí que transmitiera el mensaje de mi llamada, incluyendo mi nombre y mi número de teléfono. La señora colgó.

Cuando la llamada terminó abruptamente, apenas cinco segundos después pensé en el error que había cometido, pues con quien realmente quería conversar era con ella, no con su hija. No volví a llamar y fue la única vez que, por unos segundos, conversé con ella. Su hija nunca llegó a llamarme. Mi llamada fue un lunes por la mañana. La señora falleció el viernes.

Me dolió. Y me molesté conmigo misma por mi desidia al actuar y por no ser más proactiva al contactar a Linda. Dado que mi hija era más o menos cercana a la hija de Linda, asistí al funeral de su abuelita y después hubo diferentes oportunidades para seguir conversando con Linda, ya que nuestras hijas eran compañeras de clase.

Pero realmente nunca le traje el tema de orar por ella ni de hablarle de Cristo —aunque lo pensé muchas veces—, ni le comenté que le llamé y hablé con su mamá días antes de que partiera de este mundo. Pensé que pronto sería el momento adecuado. Pero ese pronto nunca llegó.

Tres meses después recibí la noticia de que Linda había fallecido en circunstancias muy complicadas. No asistí a ningún funeral; su hija se trasladó de escuela casi de inmediato. Todos los que conocimos a esta familia nos sorprendimos.

Entonces, sentada en el comedor de mi casa, frente a una taza de café, reflexioné y me sentí muy mal. Arrepentida.

En primer lugar, por todas las oportunidades perdidas en las que pude compartir la Palabra de Dios o una oración con ellas y no lo hice. Luego, permitir que mi desidia nuevamente dirigiera mis acciones, cuando sí tenía interés en compartir con ellas acerca de Jesucristo.

De esa experiencia, comprendí algo más: fueron oportunidades perdidas, pero lecciones aprendidas que procuro recordar cuando me encuentro con situaciones más o menos similares en las que siento en mi corazón que el Espíritu Santo me llama a actuar.

La desobediencia es un pecado al que no solemos prestarle la atención que merece. Y deberíamos. Ese recordatorio, aquella corazonada, esa palabra que no llega a salir de nuestra boca, pero que está ahí, la intranquilidad que sentimos cuando debemos compartir algo en particular….todas y muchas formas más que el Espíritu Santo utiliza para que seamos sus instrumentos. Solemos desatender el llamado.

El apóstol Pablo señala acertadamente, en la carta que les escribió a los Filipenses, que Dios coloca en nosotros el deseo de hacer buenas obras. Observemos:

Por tanto, amados míos, ya que siempre han obedecido, no sólo en mi presencia, sino mucho más ahora en mi ausencia, ocúpense en su salvación con temor y temblor, porque Dios es el que produce en ustedes lo mismo el querer como el hacer, por su buena voluntad. (Filipenses 2: 12-13 RVC. El ennegrillado es mío)

En otras versiones bíblicas, este texto menciona que Dios hace nacer en nosotros los buenos deseos (de Él) y nos ayuda a realizarlos. Lo cual significa que si Él pone un deseo específico en nuestro corazón, de acuerdo con su voluntad, es para que se cumpla. Lo interesante es que el verso que antecede al que yo destaqué trata de la obediencia y la salvación, que debemos agradecer y preservar con reverencia.

Por tanto, a partir de la dura lección que les compartí, aprendí (¡y sigo aprendiendo!) muchos aspectos a considerar, entre los que destaco tres que me han hecho crecer en mi relación con Dios y sus propósitos.

Orar y leer la Biblia

Por un lado, aunque parezca obvio, nuestro tiempo de oración debería estar en nuestra lista de no negociables. Mantener una comunicación constante con nuestro Padre Celestial nos obliga a desacelerar nuestro propio paso y a escuchar. Escucharlo. Reconocer su grandeza y su misericordia al mismo tiempo.

Y cuando leemos Su palabra, nos ayuda a discernir Su voluntad en nosotros. Especialmente para distinguir cuál es la voluntad de Dios y cuáles son mis deseos (o intenciones).

La Biblia nos muestra el carácter de Dios, Su voluntad hacia nosotros y expone nuestra naturaleza pecadora. Pero más importante aún, el plan de redención y salvación que tenemos a través de su hijo Jesucristo. Recordemos lo que el autor del libro de los Hebreos nos dice al respecto de lo que la Palabra de Dios es :

La palabra de Dios es viva y eficaz, y más cortante que las espadas de dos filos, pues penetra hasta partir el alma y el espíritu, las coyunturas y los tuétanos, y discierne los pensamientos y las intenciones del corazón. (Hebreos 4:12 RVC)

¿Cuántas veces algunos versos bíblicos que han leído antes y que leen o escuchan de nuevo adquieren otro sentido en contextos particulares? Es el Espíritu Santo quien revela lo que debe ser revelado para nuestro crecimiento.

Estas dos acciones que mencioné evitan que creamos en nuestro propio entendimiento de las circunstancias y que actuemos guiados por nuestras emociones y, peor aún, por nuestras propias fuerzas.

En diversas ocasiones me he sumado a proyectos en los que creía que cumplía la voluntad de Dios…y muy pronto descubrí que eran mis deseos personales. Y, a su vez, noté que, desde mi punto de vista, podría resolver cualquier problema que se presentara en esa iniciativa. Y no siempre nuestro llamado es hacerlo todo y para todos.

Nos lo recuerda el apóstol Pablo en la carta que dirige a la comunidad de los romanos.

Porque así como en un cuerpo hay muchos miembros, y no todos los miembros tienen la misma función, así también nosotros, aunque somos muchos, formamos un solo cuerpo en Cristo, y cada miembro está unido a los demás. Ya que tenemos diferentes dones, según la gracia que nos ha sido dada, si tenemos el don de profecía, usémoslo conforme a la medida de la fe. Si tenemos el don de servicio, sirvamos; si tenemos el don de la enseñanza, enseñemos; si tenemos el don de exhortación, exhortemos; si debemos repartir, hagámoslo con generosidad; si nos toca presidir, hagámoslo con solicitud; si debemos brindar ayuda, hagámoslo con alegría. (Romanos 12: 4-8 RVC)

Recuerdo a una hermana muy querida que me comentó que estaba orando para que Dios le abriera oportunidades de compartir su Palabra con otras personas fuera de su familia inmediata. Me alegro mucho.

Pero pensé que mi hermana necesitaba un paraguas grande y resistente para la “lluvia” de oportunidades que le aguardaban a la vuelta de la esquina. Y la guía del Espíritu Santo para saber dónde, cómo y con quiénes. Es entonces cuando el propósito de Dios en nosotros se vuelve más claro.

Compartir con otros hermanos en la fe

Del testimonio que mencioné al inicio, lamento muchísimo no haberlo compartido con un pastor o con otras hermanas que, con más experiencia y conocimiento, me hubieran guiado en este tema. He aprendido que nuestra vida en la comunidad cristiana va más allá de nuestro encuentro semanal en la iglesia, por lo que es muy importante saber a quién recurrir cuando atravesemos momentos así.

Pues, con base en lo que Pablo menciona en Romanos 12: 4-8 , el cuerpo de Cristo tiene la capacidad de equiparnos —de acuerdo con la gracia que nos ha sido dada— para presentarnos en la batalla de la fe y animar a otros. Nuestra experiencia ayuda a otros y así sucesivamente. O sea, no estamos solos.

Creo que eso también se nos escapa de vez en cuando. Pedir ayuda no es fácil. Pero es necesario e importante porque todos crecemos. Eso lo sé ahora. Muchas veces he estado en ambos lados: pidiendo y ofreciendo ayuda. Y descubro cada vez más cómo la gracia y la misericordia de Jesucristo operan. Es a través de nosotros que somos su cuerpo.

Estamos llamados a compartir la esperanza que Cristo nos regaló a tiempo y destiempo (2 Timoteo 4:2) contando con Su guía oportuna. “No apaguen al Espíritu Santo” (1 Tesalonicenses 5:19-21), le recomienda Pablo a esta comunidad.

Y si tiene duda, pregunte. Usted no sabe si le estará salvando la vida a alguien, una vida de eterna comunión con nuestro creador.

Aida C. Omeir
Creciendo en El

Suscríbete o Contáctame